Fin de ciclo

28.03.2006 | Por: Carlos Sánchez Almeida

Mesa redonda sobre tecnologías digitales y crisis de la industria cultural

Universidad Internacional Menéndez Pelayo, sede Valencia, 28 de marzo de 2006

Por tanto, es preciso desterrar algunos tópicos y malentendidos, deliberados o no, acerca de la propiedad intelectual. A saber, esta forma de propiedad no constituye un obstáculo para la libre circulación y el desarrollo de las ideas y de las creaciones; todo lo contrario, la especial protección que brinda la propiedad intelectual no se puede confundir con un impuesto o tributo que grava y perjudica el desarrollo económico, social y cultural, sino como incentivo para seguir creando riqueza y cultura al servicio de la sociedad y del individuo.

Gaspar Llamazares, portavoz del Grupo Parlamentario de Izquierda Unida, explicando su voto positivo al proyecto de Ley Propiedad Intelectual. Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados.

1.- Lecturas escogidas

Antes de venir a esta mesa redonda he tenido que someterme a una sesión de puro masoquismo: leerme entera la transcripción del Pleno del Congreso de los Diputados donde se aprobó el Proyecto de Ley de Propiedad Intelectual. Sabía que tenía tesoros escondidos, y por fin lo hallé: nada como la cita que encabeza este texto, el encendido canto de un antiguo militante comunista en defensa de la creación de riqueza. Enternecedor.

Me permitirán una digresión, antes de entrar en materia. Usaré por última vez una de esas ridículas metáforas bélicas que tanto abundan en los textos ciberactivistas, y entono el mea culpa: yo también dije una vez aquello de No Pasarán, y vaya si pasaron.

Frente de la Carrera de San Jerónimo, último parte de guerra: cautivo y desarmado el ejército copyleft, las tropas de la SGAE han alcanzado sus últimos objetivos militares.

Pues no. Ni esto era una guerra, ni hay vencedores y vencidos. Cuando el Congreso de los Diputados aprueba un texto legal con más de 300 votos a favor, con el más amplio consenso de todas las fuerzas parlamentarias, lo único que se evidencia es que los opositores a la Ley se han convertido en un grupo extraparlamentario.

Nos guste o no, en democracia la razón, en tanto que fuerza, la tiene la mayoría. Y una mayoría más que absoluta, aplastante, del Congreso de los diputados ha dado luz verde a una Ley que la mayor parte de los comentaristas de la blogosfera consideran equivocada.

Digo yo que una de las dos partes está fuera de la realidad.

2.- Mirando hacia atrás sin ira

Hace ahora cuatro años, a raíz de la entrada en vigor de la Ley de Internet, los opositores a la LSSI nos vimos en la desagradable situación de tener que reconocer una derrota. La mayoría del Parlamento había decidido sacar adelante la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información. Desde Kriptópolis se había encabezado una campaña en contra de la Ley, a la que se unieron numerosos colectivos. La oposición parlamentaria estuvo de nuestra parte, y a pesar de ello nuestras tesis fueron derrotadas: el Parlamento español decidió que era necesaria una Ley para Internet.

Lo primero que hice cuando la ley fue publicada en el Boletín Oficial del Estado, fue reconocer la derrota. Alguno todavía sigue hoy combatiendo, como aquellos japoneses que se quedaban aislados en un atolón perdido del Pacífico. Pero la mayor parte tuvimos claro que la entrada en vigor de la LSSI suponía un antes y un después. Reconocer la derrota, en democracia, es algo más que una mera cortesía. Es la clave de bóveda del sistema: el respeto a la voluntad de la mayoría.

Y el punto de partida para poder vencer –convenciendo- algún día.

Si uno lee hoy los comentarios de la llamada blogosfera, parecería que los defensores del copyright están completamente aislados, cercados por un ejército de masas enfervorizadas. Que los estandartes de la cultura libre campean en todos los frentes. Que ya no hay alambradas, ni lindes ni mojones en los fértiles campos de la aldea global. Que todo el futuro es Creative Commons.

Y claro, el Boletín Oficial de las Cortes Generales dice lo que dice. Y lo que hoy es negro sobre blanco en el Diario de Sesiones, mañana lo será en el BOE. Y cuando las leyes entran en vigor, los jueces acostumbran a aplicarlas.

Y cuando uno, en mitad de la noche, sale de la selva oscura de Internet y cruza el umbral de la ley vigente, debería abandonar toda esperanza. Entre otras cosas porque no es precisamente a Dante, ni a Virgilio, ni a Beatriz siquiera, a quien buscamos en las redes P2P.

3.- Las cosas son lo que son, y no lo que queremos que sean

Hace ahora unos años, antes de que existiese alguno de los blogs más visitados –pero mucho menos que las webs tradicionales de mis clientes tradicionales, dedicados al negocio más tradicional de la más tradicional internet- tuve ocasión de publicar en Kriptópolis un texto titulado “Autocultivo digital: el derecho de copia privada”, donde ironizaba sobre las inmensas posibilidades de la digitalización de contenidos.

El derecho de copia privada era un clavo ardiente ya entonces. Pero al menos estaba bien clavado en la ley vigente. Fue un derecho que pudo esgrimirse con éxito –por incomparecencia del equipo contrario, todo hay que decirlo- cuando empezó a hablarse de demandas masivas contra las redes P2P. Después de eso ha dado pie a abundante y verbosa subliteratura jurídico- webera. Ahora ya aburre.

El clavo ya no es que arda, ni que esté al rojo vivo. Es que se está licuando, y está clavado en una grieta de una pared desconchada.

A partir del momento que entre en vigor el proyecto de Ley de Propiedad Intelectual, el derecho de copia privada se reduce a la mínima expresión. La justa para sustentar el impuesto sobre soportes digitales, el impuesto cuya recaudación y distribución se ha puesto en manos de las entidades de gestión de derechos de autor. El impuesto que nuestro Parlamento ha decidido que sea recaudado por entidades privadas.

Dos son las consecuencias de todo ello, que paso a analizar.

a) Ley penal en blanco, soltera, encuentra pareja estable

Enero de 2003. Poco después de que entrase en vigor la Ley de Internet, el gobierno Aznar hizo público su proyecto de reforma del Código Penal. Me desgañité durante meses clamando contra el recorte de libertades ciudadanas que dicho texto representaba. Algún grupo parlamentario me hizo algo de caso y presentó enmiendas contra la nueva regulación del artículo 270 del Código Penal. A quien le vaya la hermenéutica, que bucee en los Diarios de Sesiones del año 2003 y lo encontrará.

El Código Penal, en lo que se refiere a los delitos contra la propiedad intelectual, es una ley penal en blanco. Establece las penas a imponer a aquellos que vulneren derechos de propiedad intelectual definidos en una ley distinta al Código Penal: la Ley de Propiedad Intelectual. Y así, por ejemplo, cuando el Código habla de comunicación pública, la nueva ley de remisión nos dice que una de sus modalidades es la puesta a disposición interactiva.

Aquello era el primer acto de lo que vendría. Y coló. Y coló también en Internet, porque se difundió la demagogia de que no pasaba nada, de que era una reforma neutra, que dejaba intacto el derecho de copia privada, el clavo ardiente aquel del que les hablaba. Un clavo del que nos ahorcaríamos todos, algún día.

El Código Penal entró en vigor un año después, en octubre de 2004. Aquellos que habían votado en contra cuando eran oposición, lo dejaron entrar en vigor cuando eran partido gobernante. Esperando el momento oportuno para buscarle parejita.

Y aquí la tenemos, dispuesta a consumar, de la mano de sus padrinos, los excelentísimos Don José Montilla y Doña Carmen Calvo.

En un año tendrán descendencia, en forma de una nueva y definitiva reforma integral de la Ley. Pero yo ya no estaré aquí para contárselo, les dejo en manos de los alpinistas habituales. Los que siguen ahí, colgados del clavo.

b) Las verdaderas víctimas de la Reforma: mis clientes

Ahora empezará otra vez la demagogia. Que si es una Ley contra el futuro, que si el analfabetismo digital de los políticos, que si tal que si pascual. Y otra vez los miles de pequeños egos, incapaces de ponerse de acuerdo para todo lo que no sea repartirse visitas estériles de navegantes aburridos, acabarán diciendo que el Mundo Real no les entiende.

Y no les pasará nada. Seguirán como hasta ahora, cómodos en sus butacas. Sin enfrentarse a los verdaderos problemas, no los del futuro, sino los del presente.

Los problemas de aquellos que tienen que batirse el cobre en un mercado atestado, con márgenes reducidísimos. Los problemas del ejército de base de la grandilocuente Sociedad de la Información. Aquellos a quienes los grandes gurús blogosféricos desprecian: los verdaderos currantes del chip, los que venden los cientos de miles de tostadoras, los cientos de millones de cds y dvds en los que cada noche se vuelcan las miserias de la industria del entretenimiento. El suelo real sobre el que se asientan los cielos de la “cultura libre”.

El verdadero problema de la Ley de Propiedad Intelectual no lo van a tener los consumidores domésticos, cuya mayor preocupación es conocer el final de "Lost" antes que el vecino televidente que aún va por la primera temporada, para así poderse sentir superiores en su atalaya tecnológica, sin darse cuenta de que están tan alienados como sus mayores. Sin darse cuenta de cómo se ha cerrado el círculo de la liberación tecnológica para convertirse en una cadena que los mantiene exactamente igual que antes: esclavizados a una pequeña pantalla.

No. El verdadero problema lo están sufriendo ya cientos de pequeñas empresas de informática que en estos días están recibiendo demandas judiciales. Demandas en las que se les reclama el canon atrasado por cds, dvds, grabadoras y reproductores mp3, en algunos casos desde 1999.

Cds, dvds, grabadores y reproductores que se vendieron con márgenes reducidísimos que no contemplaban el canon. De resultar estimadas las demandas, muchos pequeños comerciantes se van a tener que sacar del bolsillo aquello que no cobraron, para así afrontar el pago de una inmensa deuda que las entidades de gestión, en estado de éxtasis triunfal, quieren cobrarse con intereses.

Ese es el verdadero problema, la verdadera batalla, y la razón última por la que dejo de escribir en esta Internet.

4.- Quien mira demasiado su ombligo, se olvida del horizonte

Lo importante no es la cultura, sino los seres humanos. Cuando los seres humanos son libres, su cultura es libre. Cuando los seres humanos son domesticados, adormecidos, convertidos en simples objetivos del mercado de productos de consumo, su cultura está domesticada.

Siempre ha sido así, no nos engañemos. Nos ha llegado Séneca, Cicerón, Plutarco... pero en su época las masas llenaban los circos, no las bibliotecas. Y a pesar de todos los incendios, de todas las censuras, de todas las hogueras, nos ha llegado el verdadero talento en forma de clásicos.

Quizás en su época cualquier reciario, mirmillón, cualquier mísero gladiador era más conocido que Ovidio, muerto de tristeza en el lejano Ponto.

Hoy Ovidio ríe a carcajadas en mi biblioteca, libre para siempre de cualquier César, incluyendo al César del Copyright.

Hace poco intenté buscar "La posibilidad de una isla", de Houellebecq, en las redes P2P. No encontré ninguna fuente en castellano. Poco me importa: no hay nada comparable a leerlo en papel, a él o a Hernán Casciari: el verdadero talento es lo que tiene, las pantallas siempre se les quedan pequeñas.

Los verdaderos libros no gritan desde sus estantes, ni tienen miles de fuentes en Emule. Están ahí esperando que alguien vaya a buscarlos. Que alguien los salve de la quema: de la del fuego, de la del tiempo, o de la ignorancia. Algunos sobreviven, gracias a las manos solidarias de aquellos a quienes van dedicadas estas palabras.

Internet sólo tendrá voz el día que tome conciencia de sí misma, de su sentido histórico. Y para eso primero tendremos, durante mucho tiempo, que renunciar a mucho ego, y pensar que el talento es escaso: que las grandes gestas del género humano son siempre gestas colectivas.

Esto es exactamente lo que parece, una despedida. En lo sucesivo, intentaré luchar por aquello que creo desde el silencio de mi despacho. Si levanto la voz, ya se encargará algún juez de corregirme. Vuelvo a mi sitio de siempre.

Ha sido un placer compartir el ciberespacio con ustedes. Que tengan todos mucha suerte.